top of page
ACS_0049.JPG

De sobrevivir al dolor a diseñar una vida llena de amor y propósito: Mi historia, tal cual es.

Te voy a hablar claro, como si nos conocieramos de toda la vida y estemos compartiendo un café. 

​

¿Alguna vez has sentido un cansancio que no se quita durmiendo? No hablo de tener sueño. Hablo de ese peso en los hombros, de vivir en piloto automático, de sentir que por más que haces, algo dentro de ti sientes que está roto o no termina de encajar.

​

Conozco bien esa sensación. Porque antes de ayudar a sanar a otros, tuve que aprender a reconstruirme a mí misma. Pieza por pieza.

​

Soy Doris Trueba. Soy orgullosamente Jarocha, del bello puerto de Veracruz. Y si estás leyendo esto, no es casualidad.

El campo de ajo y la escuela de la vida

 

Mi historia no empieza en un consultorio estéril. Empieza en la tierra y en las decisiones difíciles. Vengo de una familia controversial, donde los problemas y la escasez eran el pan de cada día. A los 15 años tomé una decisión radical: irme de casa y buscar mi propio camino.

​

Esos dos años siguientes, fueron el horno caliente y a presión donde se forjó mi carácter. Ahí, sola y teniendo que madurar a la fuerza, aprendí a defenderme y a sostenerme cuando no tenía a nadie más. Esa etapa me enseñó a la fuerza que hay que tener FÉ y que la determinación de seguir adelante no se pide, se construye.

​

Logré conseguir una Visa americana gracias a una empresa donde estuve trabajando y decidí emigrar a Estados Unidos confiando que mi vida cambiaría si cambiaba de país. Y mira que tenía razón. 

​

Ese viaje no fue llegar a un palacio. Mi bienvenida fue el frío que te cala los huesos en los campos de cultivo piscando ajos. Mis manos, que nunca habían trabajado la tierra, aprendieron lo que significa ganarse la vida con sudor y dolor.

​

Ahí, entre temblores, el olor a ajo y la tierra húmeda, entendí algo fundamental: la resiliencia no es solo una palabra bonita, es levantarse y seguir adelante cuando crees que no puedes ni quieres dar un paso más.

 

35 años viviendo con la muerte de vecina

 

Durante más de tres décadas, mi "normalidad" fue el dolor. Desde que murió mi padre, los dolores de cabeza se instalaron en mi vida. El hospital se convirtió en mi segunda casa.

​

Pero hubo dos momentos clave. Desde 1992, la muerte rondó y tocó a mi puerta varias veces. Fueron momentos de gravedad absoluta donde vi el final. En 1996 cuando me encontraba, en una sala de urgencias fría y llena de miedo a punto de entrar a cirugía, ocurrió una sincronicidad que nunca olvidaré: 

​

Mientras estaba en la camilla, un enfermero alto y guapo se acercó a mi. Recuerdo que pude notar que tenía unos ojos azules muy intensos. Él se presentó como Gabriel y me informó que sería el enfermero asignado a mi cirugía cuando ya me iban a empezar a canalizar. 

​

Le dije que tenía miedo, ya que había tenido varias cirugías repentinas, pero ninguna como esta, y no había tenido tiempo de avisar a nadie.

​

Con una profunda calma que no había percibido antes en una persona me dijo “todo saldrá bien” y eso me dio tranquilidad porque sentí que no estaba sola. Después de esto, fuí anestesiada y puesta a dormir para la operación.

​

Al despertar de la cirugía, lo primero que hice fue preguntar a una enfermera, “¿dónde está Gabriel?", quiero agradecerle por ayudarme a tranquilizarme antes de la operación. 

​

La señorita me preguntó, "¿Gabriel?" 

A lo que respondí: Sí, Gabriel y se lo describí. Sin embargo, la enfermera le dijo que no había ningún muchacho con ese nombre, con los ojos azules ni del alto que le decía en todo el hospital.

​

Le insistí en que él me había atendido en la camilla antes de entrar a quirófano, pero la enfermera me aseguró que no. Incluso, preguntaron a otros miembros del personal, quienes confirmaron que no conocían a nadie llamado Gabriel con esas características lo que hizo que me preguntara si había sido real, pero no tenía duda. 

​

Años después, durante una profunda meditación escuché claramente la voz de Gabriel, y fue cuando todo cobró sentido porque entendí que él es el ángel que siempre me cuida y acompaña…

​

La vida siguió y me regaló un hogar. Me casé con un hombre maravilloso y llegaron mis dos grandes maestros: Andrés y Karla. Andrés, con una inteligencia brillante. Y Karla, mi niña que vino a desafiarlo todo. Ella es sumamente inteligente, y aunque vive en un cuerpo que el mundo insiste en etiquetar como "limitado". Ella me enseñó que el espíritu es mucho más grande que cualquier diagnóstico médico.

Sin embargo, yo seguía sobreviviendo, no viviendo.

 

2017: El día que me rompí (para poder armarme)

 

A veces creemos que tocamos fondo, hasta que la vida nos para en seco. En 2017 en medio de esa tormenta emocional, tuve un accidente y me desbaraté el pie. Quedé inmóvil. Y en ese momento, postrada en una cama, empecé a creer que "No sirvo para nada". La frase más dolorosa que me he dicho en mi vida.

​

A raíz de eso, me despidieron de mi trabajo. Sentí una rabia incontrolable. El rencor me estaba envenenando por dentro. "¿Por qué a mí?", me repetía una y otra vez.

Fue mi quiebre. Pero bendito quiebre, porque fue mi salvación.

 

El eslabón perdido: Del desarrollo humano a la Conciencia

 

Ahí, sin poder caminar, tuve que mirar hacia adentro. Me di cuenta de que llevaba años estudiando desarrollo humano y estudio de familias, tratando de entender cómo las personas crecen, cambian y se relacionan dentro de su núcleo afectivo primario a lo largo de toda la vida, pero mi cuerpo y mi alma iban por otro lado. Estaba desconectada.

​

Luego de recuperarme, me fui a un retiro a una montaña que terminó siendo mágica. Entendí que sanar no es solo "analizar" el trauma. Es sentirlo, resignificarlo y hacerse responsable para cambiar. Decidí dar un giro de timón. 

​

Dejé el camino tradicional y me lancé a una Maestría en Espiritualidad. No para volverme inalcanzable, sino para aprender la forma de aportar ese bienestar que empecé a sentir a más personas.

​

Descubrí que el éxito de mis hijos, mi salud y mi paz no dependían de la suerte. Dependían de mi propia sanación. Cuando yo sané mi linaje y dejé de cargar culpas ajenas, ellos florecieron.

 

¿Qué hago hoy? 

 

Hoy me dedico a aplicar una metodología que se enfoca en reiniciarte desde adentro para sacarte del "modo supervivencia" y el agotamiento crónico, permitiéndote volver a habitar la ligereza de quien por fin ha dejado de luchar contra su propia historia.

​

Utilizo herramientas como las Barras de Access®, la reprogramación subconsciente y el desbloqueo bioenergético; de manera que desde el principio puedas percibir un alivio real. Vamos a quitar la culpa para dejar de ser una "hija sacrificada" para ser una mujer plena.

​

Esto es para ti si:

  • Estás harta de sentirte culpable por todo.

  • Sabes que tienes un bloqueo que ninguna pastilla ha podido quitar.

  • Estás dispuesta a hacer el trabajo real para sanar.

 

No es para ti si:

  • Buscas una píldora mágica que te arregle la vida sin que tú cambies nada.

  • Quieres que te digan "pobrecita".

Si estás lista para reclamar tu vida, tu salud y tu identidad, el camino está trazado. Yo ya lo caminé (y con un pie reconstruido). Ahora te ayudo a caminar el tuyo.

  • YouTube
  • Facebook
  • Instagram

© 2025 created by 

Gnetica Digital .

Doris Trueba

​

Motivadora, Life Coach, Talleres y Cursos Motivacionales.

Esposa y Mama.

Orgullosamente Jarocha.

Directora de Angels Academy,

Licenciada en Desarrollo Humano y Estudio de Familias.

bottom of page